sábado, 18 de julio de 2009

El lector

El otro día estaba muy entretenido leyendo un libro y lentamente iba pasando hoja tras hoja sin darme cuenta de cuánto avanzaba. La historia guiaba mis pasos y todo estaba pendiente del relato, todo se desarrollaba en un ida y vuelta desde las páginas a mi cabeza donde se escenificaba lo que leía.

Cada hoja que pasaba era como dar un paso, simple y despacio, no era como correr, tenía la fluidez y el descanso propio de una caminata tranquila al sol de la primavera o tal vez alguna tarde de otoño, cuando los primeros fríos aclaran el aire y lo vuelven más transparente... si acaso ello fuera posible.

Y lo mejor de todo esto es que mientras leo sigo estando atento a todo lo que pasa a mi alrededor, por el resquicio de la lectura mis sentidos siguen registrando la realidad que continúa entrando por mi ventana atencional.

Y como les pasa a todos, mientras leo, pienso… es decir las palabras y las imágenes que evoca esa lectura van mezclándose con el resto de mis experiencias, mi cerebro las va procesando y asimilando y de ese encuentro va surgiendo algo nuevo atado a la lectura y también engarzado en mi vida.

La lectura deja idéntico al libro pero modifica al lector, como un viejo procedimiento alquímico lo leído se incorpora y se asimila, a veces se integra de tal manera a las experiencias reales de una persona que se vuelven parte de la historia vivida... un engaño menor e inofensivo.

En cambio cuando veo una película, siento que estoy en una bajada vertiginosa, todo pasa a una velocidad que no puedo regular, no existe la forma de volver atrás sin perder lo que está ocurriendo en la pantalla, es un proceso que reclama toda la atención posible

Y ahí caí en la cuenta de algo (que tal vez sea novedoso sólo para mí) y ya seguramente a todos en algún momento se les haya ocurrido: Leer un libro es como caminar, tiene su tiempo y su cadencia, mientras que ver una película se asemeja más a bajar por esas “montañas rusas” de los parques de diversiones, uno está sentado y a merced de lo que pase, no puede más que disponerse a “disfrutar”...

Un libro, si es bueno, es como una ventana a otra dimensión, un pasaje secreto que nos invita a recorrerlo de manera tranquila o a veces en forma frenética, pero siempre al ritmo que nosotros marquemos.

Cuando estamos frente a un buen libro y hay tiempo, se produce una captación de la felicidad como pocas veces se da en otras actividades y no sólo es por arte del escritor, también hay algo nuestro en ese encuentro, como dos partes que se vuelven a unir luego de largo tiempo de separación, nos convertimos -modestamente- en co-creadores de ese milagro que es la lectura.

Como mi pequeño homenaje cito una de las introducciones que me parecieron más impactantes, que me prepararon y "obligaron" a abalanzarme al resto de la escritura... y no me sentí defraudado:

Prologo de “Semeterio de Animales” de Stephen King:

He aquí a varias personas que escribieron libros para contar las cosas que hicieron y por qué las hicieron:

John Dean, Henry Kissinger, Adolf Hitler, Caryl Chessman, Jeb Magruder, Napoleón, Talleyrand, Disraeli, Robert Zimmerman (alias Bob Dylan), Locke, Charlton Heston, Errol Flynn, el ayatolá Jomeini, Gandhi, Charles Olson, Charles Colson, un caballero Víctoriano, el doctor X.

La mayoría de la gente cree que también Dios escribió un Libro o Libros, para decir las cosas que hizo y —en cierta medida— por qué las hizo, y puesto que esa gente cree asimismo que los humanos fueron creados a imagen y semejanza de Dios, también Él puede ser considerado persona o, para expresarlo más correctamente, Persona.

He aquí a varias personas que no escribieron libros para contar las cosas que hicieron..., ni las que vieron:

El hombre que enterró a Hitler, el que hizo la autopsia a John Wilkes Booth, el que embalsamó a Elvis Presley, el que embalsamó —bastante mal por cierto, al decir de la mayoría de los enterradores— al papa Juan XXIII, las tres o cuatro docenas de enterradores que limpiaron Jonestown, acarreando bolsas de cadáveres y ensartando vasos de cartón con esos pinchos que usan los guardas de los parques públicos, mientras espantaban las moscas, el hombre que incineró a William Holden, el que recubrió de oro el cuerpo de Alejandro Magno, para que no se pudriera, los que momificaron a los faraones.

La muerte es un misterio y el entierro, un secreto.

1 comentario:

Soff dijo...

Me encanto el prólogo!! Algún día cuando termine con todos los del colegio te voy a pedir prestado el libro.Ah además te quería preguntar si el dibujo nuevo de sector invisible lo hiciste cn el programa ese tipo paint, ¡parece real! Está muy bueno. Y esto: "las palabras y las imágenes que evoca esa lectura van mezclándose con el resto de mis experiencias, mi cerebro las va procesando y asimilando y de ese encuentro va surgiendo algo nuevo atado a la lectura y también engarzado en mi vida." me pasa siempre, hasta se me pegan las "frases célebres" de los libros inconcientemente y puedo llegar a usarlas en una charla común.

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