domingo, 19 de julio de 2009

Noche de tormenta


El viento soplaba bastante fuerte sobre la avenida Monroe, en villa Urquiza, eran las 01:30 hs. del 16 de junio de 1991, estaba por comenzar el invierno y se notaba ya la disminución de gente en las calles, el verano se había ido con rapidez, con alevosía... diríamos...

Juan se acomodó lo mejor que pudo contra el palo de la parada del 107 dispuesto a esperar aún más.

-­Quince minutos para que venga el próximo!- Pensó Juan.

No era la primera noche que le pasaba esto, desde hacía casi tres meses estaba saliendo con una chica de Villa Urquiza y sólo le quedaba, a la noche, el recurso del 107 que lo dejaba a cinco cuadras de su casa.

Juan tenía casi 27 años: - "... 26 y medio..." - solía decir.

Juan trabajaba en la biblioteca del congreso y, a pesar de habérselo propuesto, no podía negar que tenía ese aire medio enfermizo que habían popularizado las novelas policiales acerca de las famosas "ratas de biblioteca".

Su trabajo lo había vuelto muy observador y, dado su carácter medio retraído, se divertía mucho mirando... viendo a las personas, observando... tenía un juego muy personal que consistía en tratar de imaginar la vida de esas personas:

- Ese con cara de cansado y traje bastante lustroso por el uso: “Qué será?, “de qué‚ trabajará?” Seguro que es un empleado -por el uso del traje-. pensó en un arranque de deducción extrema.

- Y esa que tiene cara de sufrida de estar siempre mirando al sudoeste como un modelo femenino de Rantés, debe ser una que estudia de noche, además tiene un tablero de dibujo y una regla "T", sumemos a esto que el 107 va a la ciudad universitaria... elemental mi querido Watson, estudia arquitectura, si se puede ver en sus ojos como desfilan casas y casas y... ahí va un puente... creo que aún no tiene claro si va a ser una arquitecta tradicional o de esas que hacen cosas en serio.

- ahí viene- se dijo con alegría, -al fin llegó- Juan de un salto subió al colectivo.

El 107 dobló por Monroe, y enfilo por ese tramo-cañón en que se convertía Monroe para el último servicio... era una bala celesteblanquesina, los pasajeros su fulminante y el chofer el radar guía, el blanco era la estación de servicio de constituyentes.

Juan, desde que viajaba, nunca había asistido a un tiro certero, pero sabía que cuando ocurriera la segunda parte del viaje estaría acompañada por fuegos artificiales y un cierto olor a nafta.

Eran las dos menos cuarto, el viento estaba poniéndose cada vez más frío y el cielo comenzó a nublarse:

- Bueno... dentro de una hora -pensó Juan- van a caer baldes de agua

A Juan le gustaba esa canción de Charly García, esa que decía: "Yo nací para mirar / lo que pocos quieren ver..."

Juan creía que nunca había sido tan bien retratado por un extraño, el había nacido para mirar, para demostrarle al mundo -o a sí mismo- que era posible que hubiera personas elegidas, modestos dioses videntes en un mundo de ciegos con el mandato de ver por todos los demás, con la posibilidad de darse cuenta de la estructura íntima de las cosas... en fin, vivir en otro nivel de realidad.

Juan llamaba a ese nivel "La Hiperrealidad". Sí, el creía que vivía en la hiperrealidad, pero todavía no había descubierto que significaba todo eso, y a veces sospechaba que no significaba nada, absolutamente nada.

En la parada no estaba solo, en realidad nunca estaba solo porque esa esquina era un punto importante de distribución, así que siempre se juntaba gente, esto lo ponía entre triste y alegre: Triste porque él era medio ermitaño -Troglodita, como le decían sus amigos- y alegre porque eso le permitía jugar a su entretenimiento: "Mirando, mirando que es gratis".

Al cabo de un par de meses de viajar, ya se había familiarizado con los pasajeros estables y junto a ellos asistía cada tanto al espectáculo de ver aparecer a un "turista" que eran esos pasajeros circunstanciales que los veías una ves y nunca más.

Entre los estables estaban cuatro tipos que viajaban juntos, Juan creía que eran mozos de alguna pizzería de Belgrano, un pibe de unos 22 años que viajaba los martes y jueves con un bolso deportivo y el pelo mojado así que suponía que venía de un gimnasio aunque por la hora no estaba muy seguro. Este pibe viajaba hasta la Avenida San Martín.

Mujeres, no había, por lo menos a esa hora sólo de vez en cuando subía alguna o ya venía de la facultad pero casi siempre estaban acompañadas.

Y estaba él, Juan...

Siempre se había preguntado si alguien también estaba jugando su juego, a veces se sentía observado por otros, no con esa mirada rápida que uno suele ver en los ojos de los que viajan en subte o de los ocasionales cruces en los ascensores sino que de repente sentía como una presión en la nuca y él sabía que si se daba vuelta de repente vería a alguien -varón o mujer- nunca importaba el sexo para esto, con los ojos clavados sobre él, con una expresión de estar sorbiendo algún fluido mágico, de estar como un vampiro sobre una presa desprevenida.

A Juan le había ocurrido una vez -una tarde de verano- mientras estaba en la biblioteca, hojeando los registros de los libros recién ingresados cuando comenzó a sentir esa presión, ese latido sordo justo sobre el cuello, en cuanto se dió cuenta de esa sensación empezó a dejar de prestar atención al registro y se fue preparando para dar el giro de la cabeza, estaba como un animal salvaje justo antes de saltar sobre la víctima...

Justo cuando estaba por darse vuelta, una leve variación del latido le sugirió que lo estaban observado por el frente, así que junto fuerzas y en un instante levantó la vista y la clavó en la persona que tenía entrente: era un señor mayor, de unos 60 años, que lo estaba mirando como en trance.

Cuando los dos pares de ojos se alinearon, Juan se arrepintió de haberlo hecho, sintió un fuerte dolor sobre las pupilas como cuando uno sale de un lugar oscuro y mira de golpe al sol, la cara del viejo se transformó como si lo hubieran agarrado haciendo algo obsceno, se puso colorado y le dirigió una mirada tan llena de odio que Juan sintió miedo y no un miedo común sino que fue como un ataque irracional de pánico que le subía por la espalda, tenía miedo por su vida y no sabía porqué, creía haber visto en esos ojos la oscuridad de la muerte.

Desde esa oportunidad Juan, cuando sentía esas miradas no se daba vuelta enseguida sino que hacía movimientos anunciando lo que iba a hacer... él no quería volver a encontrarse con otro par de ojos que lo miraran así, porque en el fondo de su mente estaba encerrado otro miedo aún superior: encontrarse con el MISMO par de ojos pero dentro de otro cuerpo...

Algunas veces, lo asaltaba un sueño recurrente: El estaba solo en una plaza, sin ruidos de autos ni de pájaros, en esa plaza solo hay dos chicos jugando en las hamacas, los chicos están vestidos iguales, el siente que algo o alguien lo está mirando a sus espaldas... se da vuelta pero no ve a nadie y cuando vuelve la vista a su lugar... frente a él están los dos chicos..., están cerca... muy cerca de él, tienen las manos ensangrentadas, ella tiene colgada de su mano izquierda una cabeza de gato sangrante y él tiene un pequeño cuchillo todo sucio con coágulos de sangre seca mezclada con tierra y pasto, sobre el mango sobresalía un reflejo rojo, como de un hilo de tela o algo así.

Los chicos sólo lo miran con esos ojos que alguna vez pertenecieron al viejo de la biblioteca, de pronto ella deja caer la cabeza del gato sobre el pequeño charco de sangre que se había formado a sus pies, la cabeza cae como en cámara lenta y al llegar al suelo salpica el vestido celeste de la chica y también a Juan, el trata de limpiarse su ropa y en ese momento el chico se adelanta con el cuchillo a la altura de su cuello... lo último que Juan ve son los reflejos de los ojos del viejo sobre la hoja sucia del cuchillo…

Juan no sabe que pasa luego porque siempre se despierta al llegar a ese momento del sueño, a veces los chicos están más cerca, otras veces están mas lejos, pero sea como sea Juan se despertaba siempre con el corazón latiendo a punto de estallar, el cuerpo bañado en sudor y todos los músculos doliéndole como si hubiera sufrido un calambre gigantesco.

Desde hacía dos semanas aproximadamente subía junto a él y a un gordo que siempre se bajaba corriendo del tren de Villa Urquiza, un tipo vestido de traje, generalmente oscuro, tendría unos 40 o 45 años a lo sumo.

Se lo veía cuidado en sus modales, era flaco, alto y su cuerpo era bastante atlético, tenía dos detalles que a Juan le parecían que desentonaban del conjunto: siempre venía con la corbata deshecha, no floja... sino directamente sin ningún tipo de nudo, cayendo a los costados como una bufanda. -Una bufanda de niño- Había pensado Juan.

El otro detalle era un libro que siempre llevaba. Los libros eran un capítulo aparte en el arte de adivinar que era o hacía una persona. Eran una fuente inacabable de datos acerca de la personalidad de un individuo, Juan a veces trataba de imaginarse que libros podían llevar los "mozos", el sospechaba que sólo leerían revistas tipo el "Gráfico" y no estuvo lejos, una noche el más joven de ellos sacó un "Dartagnan" del fondo de una bolsa de plástico que llevaba.

Pero lo extraño de este libro que llevaba este hombre, "el Conde" le había puesto en honor a su prestancia, era que tenía tapas flexibles de cuero o cuerina negro con el título en letras casi góticas de color dorado, nunca había podido leerlo pues siempre lo tenía cubierto con la mano que lo agarraba además el 107 no se caracteriza por tener buena luz.

Una noche en la parada creyó que iba a tener acceso a un detalle esclarecedor, mientras el Conde buscaba cambio para el boleto, se le cayó el libro, Juan, dentro de su papel de “pasajeroindiferente- queesperahaceunahora” se estiró lo más que pudo sin desentonar, para ver que libro era, pero... a veces el destino esta en contra de estas pequeñas luchas, había caído sobre la tapa y en el dorso no tenía ningún tipo de marca, seña o título... “paciencia” se dijo, siempre habría otras oportunidades de ver pequeños datos que un "observador" tan profesional como Juan no dejaría sin registrar.

En el momento de la caída, Juan había visto que más o menos al medio del cuerpo del libro que sobresalía una tirita de tela roja, al principio Juan lo interpretó como un señalador común y silvestre pero mientras volvía en el colectivo no dejaba de pensar que el conocía otros libros que tenían señaladores parecidos.

Se rompía la cabeza pensando: ­Yo ya ví ese señalador!!! ¨Dónde fue?. A ver Juan -se decía a si mismo- ­Pensá! ­PENSAAA!...

El 107 en ese momento iba por Griveo, cruzó la avenida San Martín y dobló por San Nicolas, Juan seguía mirando al Conde que leía su libro y seguía preguntándose, seguía indagándose con el más poderoso de sus recursos: Su Memoria.

Al principio se le había ocurrido que se trataba de un diccionario, pero al cabo de unos minutos de pensarlo más detenidamente se dió cuenta que nunca había visto diccionario alguno que tuviera un señalador de esa forma y que fuera tan pequeño.

En el colectivo se escuchaba un tango mortecino en la radio del chofer, cada tanto se dejaban oir los desgarrantes sonidos de alguna interferencia: -La tormenta está cerca- pensó.

En ese instante se enojó consigo mismo porque se había alejado de su objetivo, después se le ocurrió seguir algunos consejos que una vez había escuchado para acordarse de algo cuando uno lo ha olvidado: poner la mente en blanco, no pensar en lo que se quiere buscar.

Para lograr ese vacío mental respecto del tema, fijó su vista en el camino, las casas pasaban rápidas entre las penumbras, parecían caras que se reían de su estéril intento de no pensar en lo que evidentemente pensaba.

Cada pozo lo sacaba de su ensimismamiento y miraba al Conde, él no levantaba la vista de su libro, de su maldito y misterioso libro.

Juan siguió mirando el camino, buscando urgentemente olvidar... olvidar para recordar... en eso el colectivo tomó Fernández de Enciso ya con rumbo hacia la plaza Arenales, pero justo al dar la vuelta, mientras miraba los frentes desolados de las casas envueltas por la oscuridad que se iluminaban con algún relámpago ocasional -la tormenta estaba tomando forma lentamente- Juan vió el paredón del Seminario y tuvo de repente una chispa mental, fue como un fósforo sobre una pileta llena de nafta.

Sin que pudiera detener el proceso de asociación de ideas, su cerebro comenzó a desentrañar el laberinto que lo separaba de la solución que estaba buscando desde hacía unos minutos:

"Seminario" -ccrrackk- Su mente entró en movimiento.
"Religión" -ccrraacckk- Rápidamente comenzaba a ver una pequeña luz en la oscuridad.
"Dios" -ccrraacckkk- Algo le susurraba al oído, sentía el calor de la respuesta zumbándole... revoloteando a su alrededor.
"Biblia" -CRACK- Juan casi pudo decir que oyó el sonido de la respuesta cayendo sobre su cerebro afiebrado de curiosidad...
­¡¡BIBLIA!! Eso, eso es lo que me quería acordar- Juan comenzó a reírse, hasta que se dió cuenta que iba a llamar la atención, enseguida hizo uso de su gran capacidad de autocontrol.
-Tranquilo, tranquilo- Se serenó y empezó a relacionar la tirita que había visto en el libro con los señaladores que alguna vez vió en la Biblia que tenía su madre.
-­­SSíí!! Seguro que es una Biblia, Si, seguro que el conde es cura o pastor

Este conocimiento lo llenó de placer, aunque no tenía la certeza del mismo el sabía que era así, un sexto sentido que tenía desarrollado para estos caso le decía que debía ser así.

Ya habían pasado la vía y Juan se aprestó a bajar, se paró frente a la puerta de atrás y apretó el timbre, tenía que caminar cinco cuadras que a esa hora eran los quinientos metros más solitarios que uno podía imaginarse.

Bajó y miró al cielo, había electricidad en el aire, se veían los relámpagos iluminando de manera espectral toda la calle, a los diez metros el colectivo se detuvo, Juan lo miró sorprendido…. Se abrió la puerta de atrás y bajó el “conde”…

Juan apuró el paso, no lo quería pensar demasiado pero estaba preocupado -¿Preocupado…? ¡Muerto de miedo! para ser sinceros, trató de acelerar la marcha pero se negaba a correr, le parecía infantil…

La distancia entre ambos se iba acortando, veinte metros…. quince….. diez…

Juan sabía que tenía que dar la vuelta a la esquina y ya estaría a cincuenta metros de su casa, mientras tanto miraba como la sombra del Conde se acercaba, tomó la ochava de la esquina y al darle la vuelta se quedó helado…

Estaban los dos chicos del sueño…. Ella tenía su infaltable cabeza de gato y él su cuchillo, un rayo los iluminó y el pudo ver en el mango ese destello rojo, era el mismo hilo rojo que tenía el libro…. Juan empezó a sollozar…. Sintió que una mano lo tomaba del cuello…. Se dio vuelta y vio la cara rígida del Conde, sus ojos eran los mismos que los de los chicos… los mismos que el del viejo de la biblioteca….

¿Porqué a mi? Pregunto entre lágrimas Juan…

El Conde lo miró y le dijo:

- Muchacho, lo siento, estamos entre ustedes desde tiempos inmemoriales, pasamos desapercibidos escondidos entre la maldad de la humanidad, nuestros pequeños excesos, nuestros rituales son nada frente a las hambrunas y la guerra que ustedes mismos se auto infligen… somos invisibles… en general vivimos en la oscuridad del anonimato… pero de tanto en tanto aparece alguien como vos, con ese don de detectarnos, cuando eso pasa… me llaman a mí…lo siento…

Su mano se cerró sobre su garganta y comenzó a apretar, los relámpagos y sus truenos hicieron que nadie escuchara los gritos de Juan.

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