sábado, 29 de enero de 2011

El pequeño pez

Les voy a contar una pequeña historia personal, casi una confesión laica, una pequeña e individual situación que yo creo es universal:

Cuando tenía –estoy casi seguro- dieciséis años, le pedí a mi mamá que me ayudara a comprarme una máquina de escribir portátil, una “Lettera 22” de Olivetti (imagen: Cortesía del Sr. Google)


La quise convencer, aunque dudo que lo haya hecho, de que con esa máquina yo me iba a lanzar a escribir, que nada sería más fácil que agarrar una hoja y ponerme a teclear, que además me serviría como ayuda para consolidar mi velocidad en máquina de escribir ya que en esos tiempos, hablamos de 1974 más o menos, tenía como materia del secundario: Dactilografía.

Supongo que en virtud de mi insistencia y no de mi capacidad de convencimiento, me la compró.

Obviamente empecé a escribir mucho más rápido, pasaba a máquina apuntes de colegio pero, lo que se dice escribir, escribir una novela o un cuento, un simple y pequeño cuento breve o al menos dos tres líneas de poesía…. Nada… solo comienzos y comienzos que lentamente se iban olvidando en hojas siempre nuevas, siempre empezadas.

Intimamente me dije:

“es un lío buscar las hojas…” “…ese es el problema…”
Años más tarde, ya trabajando, cuando busqué razones para comprarme mi primer computadora, enseguida salió a flote esa vieja idea que estaba escondida en lo más profundo de mi mente:
"… ahora sí, ahora voy a poder escribir sin problemas… empiezo algo y cuando me canso, me aburro o no se me ocurre nada, lo archivo y vuelvo en cuanto tenga algo nuevo que poner...”
Claro, esta es la solución – Me dije y en un abrir y cerrar de ojos me convencí. Esa primera computadora era mi pasaporte al éxito…

Bien, no puedo decir que no escribo, no puedo decir que no guardo cosas, pero el “éxito” todavía no golpeo mi puerta. Muchas noches me quedo esperando a ver si lo escucho, pero no, parece que aún no es mi tiempo.

Sobre la compra de instrumentos como excusa  para conseguir algo, yo puedo dar alguna cátedra: Tuve la infaltable bicicleta fija, la compré para el mundial de Italia (vería los partidos mientras pedalearía sin descanso), terminó como un perchero valet muy adecuado para el saco.

Otra vez me compré una mochila como para escalar el Aconcagua, tenía decenas de bolsillos, correas, amarres, etc…. cada tanto la veo para ver si la humedad no la arruinó… eso sí, la presté dos veces con éxito.

Por todo esto, cuando encontré este video que pongo a continuación:
me di cuenta que era una gran enseñanza, que me demostraba que no son necesarios los instrumentos, que cada cosa puede cumplir un rol inesperado y aportar al conjunto.

Tal vez haya en eso un aprendizaje a realizar, a no creer que se necesitan cosas, a no confundirse con los maquillajes del universo, a buscar la esencia.

En el libro “El canto del Pájaro” de Anthony de Mello, podemos leer este cuento breve, llamado “El pequeño pez”:
“Usted Perdone” – le dijo un pez a otro.
“es usted más viejo y con más experiencia que yo y probablemente podrá usted ayudarme. Dígame: ¿dónde puedo encontrar eso que llaman Océano?, he estado buscándolo por todas partes sin resultado”

“El Océano”, respondió el viejo pez, “es donde estás ahora mismo”.

“¿Esto? Pero si esto no es más que agua… Lo que yo busco es el Océano”, replicó el joven pez, totalmente decepcionado, mientras se marchaba nadando a buscar en otra parte.

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